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De libros y canciones…do y la cosa parlante

Sucede con algún libro leído siendo niño, como pasa en el caso de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, que vuelves a leer siendo adulto y aquel simple cuento lleno de personajes extraños se transforma en una atrapante y metafórica historia plagada de sucesos y personajes surrealistas cargados de significado. Significado que induce, en el caso del Principito, a una serena reflexión sobre la estereotipada vida del adulto y la necesidad de recuperar la mirada sincera y desprovista de juicio del niño que todos llevamos dentro.

Lo mismo sucede con algunas canciones… Las primeras canciones que recuerdo aprender de niña, además del cancionero tradicional infantil de mis años de montañismo, son del grupo musical Mecano. Llevo su discografía completa grabada a cincel en la memoria letra a letra, con su ritmo y melodía. La sencillez y frescura de las letras y la originalidad de las melodías hacía fácil memorizarlas y así fue. En esta ocasión me quiero referir a una canción del disco “Entre el cielo y el suelo” titulada Te Busqué.

La Cosa parlante

Recuerdo que me producía cierta curiosidad saber qué era lo que había perdido el prota de la canción y que con tanto ahínco buscaba. En la inocencia de mis 8 o 9 años imaginaba que debía ser algo invisible porque lo buscaba entre el polvo de la habitación. O muy pequeño, porque podía caber debajo de un colchón e incluso dentro de un corazón. Lugar donde finalmente lo encontraba y escuchaba su voz. Debía de ser una suerte de cosa parlante, escurridiza y muy valiosa, pensaba, a juzgar por el empeño que el buscador ponía en encontrarla. He de confesar que hoy mi hijo de 9 años goza de mayor capacidad de reflexión de la que yo tenía en aquellos tiempos 😉

Bien pensado no estaba tan desencaminada, la mirada de los niños es sabia en su inocencia. El buscador de la canción iba al encuentro de una cosa parlante, escurridiza, invisible y muy valiosa…

El Buscador encontrado

Hace un tiempo y tras muchos años escuché por azar esta canción de nuevo. Y como me ocurre siempre que escucho Mecano, comencé a cantarla sin intención (la memoria de los niños es implacable). Al momento me descubrí sonriendo recordando la niña que fui. Por fin el misterio de la “cosa parlante” quedaba resuelto. ¡La “cosa parlante” era -uno mismo-! El yo sin ego, máscaras o mayas. El sí mismo, dios en ti, la sabiduría del corazón, la voz del alma universal, o como cada uno prefiera llamarlo.

De pronto las estrofas de la canción pasaron a gran velocidad por mi mente conmigo como protagonista. La canción cobraba su real sentido. Para aquel entonces ya había crecido y me había divertido y reído hasta la extenuación. Había llorado y sufrido lo indecible. Había sentido el éxtasis absoluto del placer y el abismo insondable de la soledad. Había creído, descreído y vuelto a creer. Había devorado libros, había recorrido mundo, había…¿Buscado y re-encontrado?

Sólo con el corazón se puede ver…

Mientras la canción seguía sonando de fondo pensaba que esa búsqueda es la búsqueda de cada uno de nosotros. Cada uno en su forma y contexto. Pero la búsqueda de todos sin excepción. Al crecer y dejar atrás a nuestro niño comenzamos a (re)buscar(nos) sin saber muy bien qué.

Buscamos y buscamos. Sin apenas percibir que como nos recuerda el Principito, sólo con el corazón se puede ver pues lo esencial es invisible a los ojos. No es sino en la ruidosa vorágine de la búsqueda, que aprendemos a escuchar el silencio. Y es precisamente en ese silencio en el que logramos escuchar maravillados nuestra voz interior y abrir de nuevo los ojos del corazón. Entonces la mirada cambia y dejamos de buscar fuera las respuestas. Porque cuando aprendemos a escuchar la voz de nuestro interior, las preguntas esenciales ya tienen respuesta. En ese momento comienza el camino de regreso a casa. Empezamos a soltar, a despojarnos de toda maya.

Comienza un camino no exento de momentos de frío. Porque no es fácil desnudarse y soltar las prendas del ego que durante tanto tiempo nos han «protegido». Y tampoco exento de baches y vueltas atrás. Porque a veces el bullicioso murmullo de la costumbre se escucha más alto que el sereno ronroneo de nuestra verdadera voluntad. Pero un camino lleno de dicha al fin y al cabo. Porque no hay mayor dicha que la de ser UNO mismo.

Pensaba que al igual que el buscador protagonista de la canción que volvía a escuchar aquel día, también yo me había encontrado tiempo atrás. Muy adentro. Y al escucharme a mí, te descubrí a ti, en mí… Desde entonces, como dijo el poeta Ovidio, -siento vibrar tu voz en todos los ruidos del mundo-.