«El perdón es la fragancia que la violeta deja en el talón de quien la pisa» Mark Twain

Hoy me he topado de casualidad con un artículo en el que se recordaba la muerte de Nelson Mandela… Siempre he admirado la figura de este hombre, el cual, tras haber sido privado de libertad en una celda durante 27 años, llegó a ser presidente de su país y a abanderar con humilde grandeza una de las más elevadas virtudes humanas. El perdón.

Recientemente he pasado un episodio en mi vida en el que mi capacidad para perdonar ha sido puesta a prueba. Esta vez he vivido la situación con una actitud de desapego, observación y reflexión, con menos vísceras y más consciencia. He sacado unas cuantas conclusiones, hoy quiero hablar de una de ellas. He observado que «la herida y el perdón» es un duelo entre el ego y nuestro verdadero Ser.

 

Ego versus Humildad

Cuando el ego toma el control de la herida, suenan los tambores y comienza la batalla. El error, la ignorancia o la debilidad del otro se convierten en tu enemigo personal. Y con el ego al mando, te instalas en el rol de víctima asediada, humillada u ofendida, abriéndose con ello las puertas del miedo. El miedo destruye la mente y alimenta al ego con pensamientos de baja vibración.  El ego siempre quiere ganar, estar por encima. Nuestro ego tiene una imagen agrandada de nosotros mismos, sobreestima nuestras virtudes y también las debilidades ajenas.

Humildad significa ser capaz de amoldarse a cualquier situación en un estado interno libre de ego, indica una extraordinaria fuerza interior basada en la comprensión y en el amor, cualidades de nuestro verdadero ser.

 

El perdón es una decisión

No es difícil imaginar cómo hubiese sido la intensidad de la batalla de la herida de Mandela si éste hubiera dejado a su ego asumir el mando… Por fortuna, fue el verdadero ser de Mandela y no su ego quien guió sus pasos.  En vez de alimentar el ego con rencores corrosivos durante sus años de encierro, Mandela aprendió a trascender. Comprendió que el odio sólo puede ser vencido por el amor. Aprendió a silenciar las quejas del ego y a escuchar esa voz interior que nos libera.

“Mientras salía por la puerta de la cárcel hacia la puerta que llevaba a mi libertad, sabía que si no dejaba mi amargura y el  odio atrás, todavía sería un prisionero”. Nelson Mandela

¡Qué rico huelen la violetas!